jueves, 17 de diciembre de 2009

RECUERDO DE LEOPOLDO


En el par de años que, con breves intermitencias, viví en Madrid, tuve el privilegio de frecuentar la compañía, la amistad y el magisterio de Leopoldo Panero, Luis Rosales y José María Souviron. Rara era la tarde en que no me reunía con ellos en el bar del Instituto de Cultura Hispánica y luego no seguíamos la charla y las libaciones en tascas de Argüelles o ventas del Puente de los Franceses. Fue Fernando Quiñones quien me introdujo en este círculo, y unas veces él o cualquiera de su “discipulado” como él decía, participaba en la tertulia. Leopoldo era además, con Carlitos Bousoño y Carlos Rodríguez Spiteri, uno de los únicos poetas motorizados en aquel Madrid de finales de los 50 y comienzos de los 60. Souviron era de todos el más solvente, exento como estaba y bien a su pesar de cargas familiares. Recuerdo en especial un almuerzo en el Castellana Hilton al que me llevó Fernando y en el que estaban el anfitrión, el jerezano Vicente Fernández Bobadilla, director general de Selecciones del Reader’s Digest, Primitivo de la Quintana, que contó episodios tragicómicos de la guerra, el pintor José Romero Escassi que no sé por qué afirmó que César Pemán, el erudito hermano del poeta, era una iguana, Carlos Dampierre, Luis, José María, Leopoldo más – inferiores en edad, saber y gobierno – Fernando y yo. Allí empezó a cocinarse el premio de cuentos Washington Irving, de la Casa Americana, en la que Luis era jurado y que me concedieron al cabo de unos meses. Leopoldo habló de Mallarmé y de la relación entre la poesía y las matemáticas y dijo que a los veinte años puede uno enamorarse de la fantasía pero que a los cuarenta hay que acostarse con la verdad.

Mi asentamiento en Ginebra coincidió más o menos con la incorporación de Luis, Leopoldo y José María a Selecciones del Reader´s Digest y desde su nuevo puesto Leopoldo procuró echarme una mano encargándome alguna que otra traducción. En Ginebra estaba yo, y a las órdenes precisamente de un exiliado que era algo pariente de Felicidad Blanc, cuando me llegó la noticia del fallecimiento repentino de Leopoldo. Creo que le escribí a Luis Rosales y le mandé una breve necrología a José Luis Cano para Insula, donde mis frecuentes colaboraciones eran seguidas por Leopoldo. Leopoldo estaba de vuelta de muchas cosas y rebosaba generosidad e indulgencia. No le oí nunca hablar mal de nadie. Ya que hablé de Cano, soy testigo de la defensa que hacía de él ante las opiniones despectivas de Rosales, que a Cano no lo camelaba. Cuando faltó, Rosales y Souviron se distanciaron y yo entendí que era Leopoldo el nudo que los unía.

Son incontables las personas a las que ayudó y que a su muerte se volvieron contra él. Mucho tiempo después coincidiría yo en un par de jurados literarios con un poeta que cosechó sustanciosos laureles tanto en el régimen anterior como en el actual y que, en las comidas respectivas, se puso a meterse de modo muy desagradable con Carlos Robles Piquer y con José Angel Valente en una y con Leopoldo Panero en otra. No sé si hice bien en no acudir al trapo, porque soy algo lento de reflejos y tardé en darme cuenta de que aquel borracho grosero estaba tratando de provocarme. Ya estaba de moda la triste imagen de Panero que una película detestable había puesto en circulación. Debo decir que no fue ése el Panero que yo conocí.

Aquilino Duque